Lo confieso. Me declaro un irredento amante del mundo
del motor. Esta afirmación no cambiará la vida de quién la lea, ni le influirá
lo más mínimo. Tampoco lo pretendo. Lo que si pretendo es dar a conocer a los lectores
de este post, por pocos que sean, lo que me mueve a crear un blog sobre el
mundo de las competiciones de motor. Es muy simple y, a la vez, terriblemente
difícil de explicar. Es por
esa indescriptible sensación, ese aumento del pulso cardíaco cuando los pilotos
enfilan la recta de meta y se disponen a acelerar, camino de la primera curva,
ese hormigueo en el estómago cuando dos monoplazas se ponen en paralelo. Ese
halo de grandeza, de magnánima épica que desprenden los jinetes de las cuatro ruedas,
con sus vehículos por fiel montura. Esa combinación del factor humano y
mecánico que saca lo mejor y lo peor de nosotros, ya estemos directamente
involucrados o seamos simples espectadores. Esa gran metáfora vital que
envuelven los grandes hitos (y mitos) de cada categoría, algo casi imposible de
encontrar fuera de una sala de cine. La belleza de la victoria, la amargura de
la derrota... Si encuentran algo parecido en algún otro componente de esa gran
máquina azul que es el planeta Tierra, no duden en comunicármelo.
